La culpa la tiene Maslow

21 May

Diariamente pienso e intento descifrar quién es realmente el culpable de mis frustraciones gastronómicas (además de yo mismo, claro) y siempre llego a la misma conclusión: Maslow. No me malinterpreten, se trata obviamente de una metáfora; además de que Abraham seguramente se está retorciendo tres metros bajo tierra porque un pobre diablo lo está culpando de algo de lo que él ni está enterado, los verdaderos culpables somos todos nosotros.

Si bien la industria de alimentos y bebidas tiene como único fin nutrir la necesidad fisiológica más básica del hombre (A.K.A. comer), muchos han encontrado en la alimentación un sentido mucho más profundo, en algunos casos romántico, en otros económico y, por supuesto, ególatra en otros ámbitos también. Pensemos en la emblemática pirámide de Maslow, una teoría en psicología que jerarquiza por categorías las necesidades del ser humano y que, a grandes rasgos, sostiene que cuando un hombre percibe que sus necesidades básicas se cumplen satisfactoriamente, sus deseos (y prácticamente, su felicidad) se logran escalando un peldaño más de la pirámide, volviéndolos menos esenciales.

Justamente la comida y el mismo hecho de compartir una rebanada de pan en la mesa, de alguna u otra manera tienen alcance en las categorías que describe Maslow: fisiología, seguridad, afiliación, reconocimiento y autorrealización. Vayámonos por partes, todos entendemos la necesidad fisiológica de los alimentos, así que no discutiré más al respecto. La cosa es simple y no pienso ahondar cada una, con un ejemplo bastará. Espero.

Seguridad: El comensal siente seguridad física y de salud al consumir alimentos producidos por un staff (supuestamente) profesional, higiénico, que se ocupa y preocupa por su materia prima, por sus buenas prácticas de manufactura y, si tenemos suerte, por fumigar cuando menos una vez al mes la cocina y el salón. De igual manera por sentirse protegido en un espacio íntimo, el mentado “tercer espacio”, que quizás queda muy lejos de ser tan cómodo como caminar desnudo por tu propia casa o de tener el “calentario” colgado en la pared de tu oficina, pero finalmente ofrece un nivel de confianza y libertad similar.

Afiliación: El comensal siente la necesidad por formar parte de una comunidad. La solución a esta categoría no sólo la satisface yendo a comer a un restaurante para convivir con su familia, con sus amigos o con la escort que finge interés por él, sino también por sentir que pertenece a un grupo social “in“, sólo por ir al hotspot de la ciudad, al restaurante del que los periodistas tanto hablan.

Estima: Aquí se pueden involucrar comensales, chefs y periodistas por igual. Donde el comensal consigue apapacharse mientras gasta en algo de calidad para sí mismo, autorregalándose, o incluso consiguiendo el “respeto” de terceros por gastar en productos que le otorgan status. Algunos chefs y periodistas coinciden más en el segundo punto, buscando también aprecio y reconocimiento de los demás, algunos casi rayando en egolatría por buscar fama y dominio.

Autorrealización: Nadie, ni hoy ni mañana ha llegado a esto. Aquí quería llegar; el sentido de autorrealización es algo así como el Nirvana, donde sólo se busca satisfacción en sí misma, donde el individuo pisa la realidad, analiza problemas en virtud de solucionarlos y que basa su comportamiento en experiencias y el juicio propio. Es casi como sentirse pleno satisfaciendo únicamente las necesidades fisiológicas y sentir seguridad, afiliación y estima al mismo tiempo. ¿Fácil, no?

Si a todas las consideraciones anteriores sumamos la $nimiedad$ de factor económico en la industria de alimentos y bebidas, llegamos a un triste callejón sin salida. En fin, creo que los vicios en la industria de alimentos y bebidas son culpa de comensales, chefs y periodistas por igual y jamás se podrá llegar al mundo rosa que imagino (en el que la comida es el único medio y fin) si ninguna de las partes satisface la necesidad de autorrealización.

Maldito Maslow.

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